Instinto de protección

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Hace unas semanas, M. sufrió una experiencia desagradable en el colegio. En su mochila encontramos una nota de una de las monitoras del comedor, que nos explicaba, de forma muy escueta, que otro niño (de primaria, supimos después) lo había encerrado en el baño con la luz apagada… Pero que “ya lo habían solucionado”.

Es difícil describir la mezcla de rabia, dolor y frustración que aquellas líneas me hicieron sentir. Hasta qué punto, en aquel momento, deseé encontrarme con aquel niño y decirle cuatro cosas. Pero sobre todo, la abrumadora sensación de impotencia frente a una situación que había estado, a mi pesar, totalmente fuera de mi alcance.

Cuando tomas la opción de escolarizar a tu hijo estás, al fin y al cabo, depositando tu confianza en un grupo de extraños que esperas que lo entiendan y que lo protejan. Que le hagan sentir integrado, seguro de sí mismo. ¿Cómo reaccionar cuando chocas de frente con la fragilidad de esa confianza?

Desde el miedo, desde la visceralidad, puede ser tentador enseñar a tu hijo a defenderse. A plantar cara. Pero, ¿por qué una experiencia así tiene que alterar nuestra forma de educar a M.? Si hemos intentado transmitirle que los problemas se solucionan mediante el diálogo, y que con la agresividad física no se logra nada, ¿por qué tendríamos que cambiar nuestra postura? ¿Acaso ha cambiado nuestra visión del mundo? ¿O nuestra forma de entender la resolución de conflictos?

Si algo así, en realidad, tan anecdótico, te hace sentir tan vulnerable, tan a la defensiva, no quiero ni pensar cómo deben sentirse los padres de niños que sufren bullying. Cómo se les debe partir el alma frente a una situación para lo que no estamos preparados. Ni los progenitores ni, lo que es más importante, las propias escuelas.

Es algo que mi mujer y yo hemos comprobado. Empíricamente. El próximo curso pensamos cambiar a M. de escuela, y en las jornadas de puertas abiertas a las que hemos asistido, uno de los temas que hemos planteado es si existe algún tipo de protocolo antibullying. ¿La respuesta más habitual? Balbuceos, balones fuera, justificaciones… En otras palabras: en muy pocos colegios españoles se aplica más política contra el acoso escolar que el “estar atento”. A veces, ni eso.

Y no me vale la excusa de que “todavía es demasiado pronto”. Los niños son esponjas, y cuanto antes adquieran unos ciertos hábitos, unos parámetros de comportamiento, menos habrá que correr luego para “corregirlos”.

Creo que deberíamos darnos cuenta de una vez de que el acoso escolar es un problema grave (habría que empezar por no acordarnos de él solamente cuando ocurre alguna desgracia), y de que nos afecta a todos por igual, como sociedad. Así que no sirven los parches, ni las soluciones individuales: es necesario que lo abordemos de forma colectiva.

Entre todos, tendríamos que empezar a ejercer presión para que tanto la comunidad educativa como, sobre todo, los gobernantes, se den cuenta de que son necesarios programas integrales como elKiVa, que se creó en Finlandia (y que se está empezando a exportar a otros países de todo el mundo), y que, con un cierto esfuerzo de inversión, ha logrado que el bullying desaparezca en un 79% de las escuelas del país.

Prácticamente todos los partidos políticos incluían, en sus programas electorales, algún plan global de lucha contra el acoso: obliguémosles a que cumplan. Que no quede, como tantas veces, en una mera postura cara al público.


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2 comentarios:

  1. Iniciamos una nueva corriente, padres conscientes de que la agresión debe pararse y todos deben ser partícipes. Los maestros y profesores deben tener educación emocional, si no, poco podrán hacer cuando se plantean esos conflictos.

    Un abrazo!

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  2. ¡Exacto! Todos debemos poner nuestro granito de arena, y ser conscientes de la cuota de responsabilidad que tenemos en un problema tan grave como éste...

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