Garabatos

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Tengo la sensación de que hace apenas unos días que M. empezó a escribir su nombre, y a preguntarnos cómo se escribían los nuestros (y los de la mayoría de sus personas cercanas: aún recuerdo cuando hizo una lista inacabable de toda la gente que quería que fuera a su cumpleaños). Y, casi sin darme cuenta, ha empezado a hacerlo solo, sin pedirnos ayuda. O más bien, a transcribir (de momento, literalmente) la forma en la que pronuncia las palabras.

Empezó, lógicamente, escribiendo palabras sueltas, más o menos al mismo ritmo que aprendió a leerlas. La mecánica que usa, en ambos casos, es la misma: traducir cada letra a su equivalente sonoro (o viceversa). Poco a poco ha ido cogiendo más agilidad, y se ha ido atreviendo a construir frases cada vez más elaboradas.

Hasta que, hace apenas unos días, su madre y yo decidimos sentarnos a escribir con él una carta a Papá Noel. Como su carta a los Reyes consiste en una serie de dibujos de los juguetes que quiere pedir, le pedí que, esta vez, lo escribiera con sus propias palabras. Que no lo tradujera gráficamente.

Cuál fue mi sorpresa cuando le vi empezar a garabatear frases completas sobre el papel. Todas seguidas, escritas fonéticamente, y por momentos sin espacios entre palabras, pero sin pedir ayuda (más que para preguntarme cómo se escribía la “ll” de “amarillo”).

Me quedé observándole, maravillado.

Hay ocasiones en las que, súbitamente, al mirar a M. me vuelvo a hacer consciente de que tengo un hijo. No porque no lo sepa, sino porque ya lo tengo normalizado, lo asumo como algo natural. Y es en esos momentos en los que mi cerebro produce un chispazo de reconocimiento cuando vuelvo a pensar: “Guau, pero si he tenido un hijo”.

Verle escribir aquella carta provocó uno de esos momentos. Como si, de pronto, me viera a mí mismo desde fuera, observando a M. con una sonrisa de orgullo en los labios.

No creo que haya nada en este mundo tan hermoso como ver crecer a tu hijo. Poder observar cómo se va convirtiendo, pasito a pasito, y con tu ayuda, en el adulto que algún día llegará a ser. Lo que no significa que, durante la crianza, no haya malos momentos, conflictos, dudas, temores, malhumores.. Pero siempre, por amargos que sean, quedan plenamente compensados por esos instantes mágicos, de conexión natural, puramente instintiva.


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2 comentarios:

  1. Ese chispazo que comentas Tonio a veces es "en directo".
    Otras veces, ocurre algo similar y muy potente cuando te da por mirar esas fotos que ya tienen algunos años, y miras de reojo a tu hijo/s y te preguntas si ambos (foto y niño) son la misma persona, y te das cuenta que el tiempo es como un puñado de arena que se te escapa entre los dedos de tus manos.....

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  2. Hace poco estuvimos viendo con M. vídeos de sus primeros años de vida. Él estaba fascinado, y nosotros volvimos a sorprendernos con el niño que fue, y con cuánto reflejaba, ya en aquella época, al que ha acabado siendo...

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