Dame un besito

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Creo que prácticamente todos los padres (y madres) nos hemos enfrentado a la situación. Mientras paseas con tu hijo, te encuentras a algún conocido (o vecino o compañero de trabajo o lo que sea) que, en algún momento, preferentemente al encontrarse contigo y/o al irse, le pide a tu pequeño que le dé un beso. Éste, como, por otra parte, es lógico, porque no conoce de nada a esa persona, se niega. Y una de dos: o el susodicho tuerce el gesto, e incluso te mira mal, o intenta obtener el beso por la fuerza, normalmente mediante alguna estratagema o chantaje que fracasa de forma miserable.

Grabémonoslo en la cabeza, pero sobre todo transmitámoselo a los demás: nuestros hijos no están obligados a darle besos a nadie. Ni siquiera a nosotros.

M. es un ejemplo extremo de ello. No le quiere dar besos a nadie, excepto a mi mujer y a mí. A nadie. Ni al llegar, ni al irse. Ni cuando le dan regalos. Se niega. Reconozco que, incluso teniendo ambos bien claro la necesidad de respetar sus ritmos personales, a veces nos hemos sentidos incómodos. Pero eso no ha frenado jamás nuestro convencimiento de que hay que dejar que se exprese libremente, y que dé solamente besos (y abrazos) a quien le apetezca. La cuestión es que, en general, no le apetece dárselos a nadie, y eso, sobre todo al despedirnos, crea momentos de tensión y de miradas, como antes señalaba, acusadoras.

Nos cuesta horrores hacer entender que no es nada personal. Ni cuestión de mala educación… Ni, sobre todo, de exceso de permisividad.

Para un niño, un beso, igual que un abrazo, es una expresión emocional. Por supuesto, a medida que van creciendo, cada vez verbalizan más sus sentimientos, pero la realidad es que una gran parte de lo que transmiten lo hacen a través de los gestos físicos: a mí me enternecen sobremanera, porque sé la búsqueda de seguridad que hay detrás, los momentos en que M. y yo estamos viendo dibujos animados juntos y busca, casi sin pensarlo, contacto conmigo a través de las manos o de los pies.

El beso como saludo es, en realidad, un constructo social. Recordemos que hay culturas en las que nisiquiera se concibe semejante uso. Los niños aprenden, poco a poco y a un ritmo más o menos natural, las reglas sociales, así que ¿por qué hemos de obligarles a cumplir de forma temprana una que, además, les incomoda, porque a través de ella les imponemos la expresión de un sentimiento que no es tal? Habría que pensar un poquitín más en la confusión emocional que eso les provoca.

No hay que dejarse llevar por esas miradas acusadoras. Ni por las indirectas (ni por las directas).

M. seguirá viendo que nosotros sí que saludamos a los demás con besos. Incluso con abrazos. Y, cuando él se sienta preparado, y su forma de expresar sus sentimientos haya madurado lo suficiente, asimilará nuestro ejemplo y empezará a hacer lo mismo. Pero para eso debemos tener paciencia y dejar que haga su propio camino.

Pero claro, cuesta hacer las cosas a contracorriente. 


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